Ana K. W.

Cáncer. Esa palabra tabú. Esa palabra que no asociamos con nada bueno. Esa palabra de la que tenemos un concepto completamente erróneo. Esa palabra que pierde toda su fuerza en mi contra, y en la tuya, y en la de tantos otros.

Dicen que todos los comienzos son difíciles, y más cuando te rompen tu mundo por la mitad. Lo importante no es lo oscuro que está el túnel en el que te adentras, sino mantener siempre presente que encontrarás la salida, cueste lo que cueste.

No pretendo engañarte, diciéndote que esto que empiezas ahora vaya a ser un camino de rosas porque yo lo he vivido. Sé lo que es no entender por qué tu, o por qué ahora, o simplemente por qué...y todas esas preguntas y dudas que te asaltan en este momento. Pues bien, te diré que no hay respuestas a todas esas preguntas. Algunas respuestas, quizás las halles dentro de ti; dentro de las ganas que te muevan para salir adelante.

Y sí, muchas veces esas ganas serán tan ínfimas que querrás tirar la toalla, pero ahí estará tu familia, tus amigos, todos los voluntarios, las enfermeras, los médicos, en fin; todo tu entorno para recordarte que saldrás adelante. Eres tu mejor aliado a la par que tu peor enemigo, solo de ti depende llevar esto a buen puerto. Tu positivismo y ganas de estar bien podrán con todos los obstáculos que se te planteen.

Quiero compartir contigo lo que ha sido mi camino hasta ahora. Aquel que he ido labrando día a día con la ilusión de avanzar, ni bien ni mal, simplemente, de progresar.

Un día anodino, del que esperaba poco más que del día anterior, o del día que vendría después, me noté un bulto en la espalda. Al principio, fuimos a parar a manos de un dermatólogo que convencido de que se trataba de un quiste de grasa, me lo quitaría simplemente con la aplicación de una crema. Y así fue como me marché de la consulta de aquel dermatólogo, con un dolor en la espalda que se pasaría ya que mi bulto se iría con una crema.  

 Al cabo de un mes, el dolor persistía y el bulto también. Tras haberme hecho una ecografía que revelaba un millón de posibles dolencias… decidieron intervenirme para quitarme el dichoso bulto. Pasaron dos semanas en las cuales yo volví a clase, con mis amigos, y me incorporé a la vida cotidiana. Sin embargo, los resultados de la intervención no fueron los que nos esperábamos.

 Me citaron en el Niño Jesús. Hospital al que nunca había ido y no entendía porque tenía que estar ahí. Llegamos y recibidos con todo el cariño, la paciencia y la esperanza de que todo saliera bien, el equipo médico nos atendió en la sala San Ildefonso de Oncología. Tras cuatro largos e intensos días de hospitalización con muchas pruebas en busca de tejidos similares a los hallados en mi espalda me dieron el alta. Yo, inocentemente, creía que todo habría acabado ahí y que esa área de oncología no tendría nada que ver conmigo ya que me encontraba muy bien. Pero no fue así.

Dos semanas después, me volvieron a citar. Y aquí empieza mi historia contra este obstáculo que decidió presentarse para irrumpir con mi vida a los dieciséis años. Mientras meses atrás me dedicaba a entrenar durante horas al tenis, a competir en torneos, a salir de fiesta con mis amigos y al fin y al cabo, a vivir como yo quería haciendo lo que más me gustaba. De repente, todo había cambiado. Pero los cambios, no siempre son para mal, sencillamente, son cambios.

Sarcoma de Ewing. Quimioterapia. Ingresos. Caída del pelo. Bajada. Leucocitos. Dejar de ir al colegio. No jugar al tenis. ¿De qué me esta hablando toda esta gente? En aquel momento, todo me parecía una locura.

Seguí todos los consejos que me habían dado: aprovechar el último fin de semana antes de empezar, cortar mi larga melena a la altura de la barbilla, y estar animada. Me recalcaron que era afortunada. Yo pensaba que se habían vuelto locos. ¿Suerte yo? Y sí, suerte de haber sido diagnosticada pronto, suerte de estar ante un equipo médico tan preparado…sin embargo en ese momento era incapaz de verlo. Hice todo lo que pude y más en ese fin de semana, porque desconocía lo que iba a poder hacer de ahí en adelante.

Primer ciclo. Primer reto de los muchos que tenía por delante.

Iba con la idea de encontrarme mal. Pero, ¿cómo de mal? Sabía que podría vomitar, pero ¿vomitaría? Sabía que se me caería el pelo, pero ¿Cuándo? Todo eran preguntas, pero orgullosa de mí, eludía formularle a nadie ninguna de éstas. Quería aparentar fuerte, valiente, como siempre había sido. Sin embargo, fue lo peor que pude hacer. La angustia de lo desconocido se iba acumulando dentro de mí.

En mi primer día de quimio, estuve arropada por todos. Mis amigos se volcaron conmigo, abarrotaron mi cuarto. En ese momento me di cuenta que nunca estaría sola. Siempre estarían ahí para lo que les necesitara. Sin embargo, llegaron los primeros vómitos, los mareos, los dolores…pero tras un primer día de hidratación y tres de quimioterapia, pude irme a casa. ¡Había salido del hospital! Estaba en mi casa, por fin. Llegué y me encontré que me habían cambiado el armario, estaba espectacular. Fue toda una sorpresa. Mi madre junto a sus amigas habían estado cambiando todo con suma cautela para que me animara. Mi cama también había sido cambiada ya que la de antes era muy alta y así no tendría que saltar cada vez. Todo estaba precioso, pero no le di más importancia porque realmente no me importaba nada en aquel momento. Solo quería que todo aquello se acabara.

Tendría que volver para la bajada. “Bajada”, me repetía a mi misma. ¿Qué será eso? ¿Me encontraré tan mal como me siento ahora? ¿Tendré mas fuerza? Mi pelo sigue bien pero… ¿hasta cuándo? De nuevo las preguntas me reconcomían pero seguía sin hablar del tema. Error; craso error.

Tras una semana de dolores en casa, volvimos al hospital para la bajada. Me iban a aislar. Ya estaba convencida, estaban todos locos. Yo no quería estar aislada. Yo no quería estar ingresada. Yo quería estar en mi casa, como siempre. Pero no siempre lo que uno quiere es lo que ocurre. Me pusieron mórfico, y los dolores desaparecieron. Me hicieron una transfusión de sangre, y me iba encontrando mejor. Todo parecía ir a mejor cuando empecé a perder el pelo.

La pérdida de pelo para mi supuso más que un cambio. Primero el rechazo a mi propia imagen. Después la repulsión hacia todo aquel que quería ayudarme. No quería nada de eso. Yo no quería la ayuda de nadie, solo quería estar bien. Estar como hace tan solo unos meses. Pero eso ya no era posible..

Me presentaron a Andrea y Álvaro, pacientes de mi misma edad, que se convirtieron en los que mejor me entendían. Ellos estaban mucho más avanzados en sus tratamientos y me entendían a la perfección. Sin embargo, la calvicie me aterraba.

Tanto era así que la situación pudo conmigo. Tuve un ataque de ansiedad. Nunca había sentido nada como eso. Era terror. Estaba fuera de mí. Solo quería que todo se acabara.
Después de haber echado todo lo que llevaba reprimiendo dentro de mí, estaba mejor. Necesitaba hablar más del tema, no evadir las preguntas, no reprimir sentimientos…

Finalmente, me raparon el pelo en el hospital justo antes de darme el alta. ¡¡Se había acabado mi primer ciclo!! Pero pesaba mil veces más en mí el haber perdido mi pelo que el haber dado un paso gigantesco hacia delante, ya que me quedaba un ciclo menos.
No quería ni mirarme al espejo. Ya no había vuelta atrás. Estoy convencida de que no había dolor físico que me hubiera hundido más que la pérdida del pelo. No quería ni hablar con mis amigas. Solo quería el final de todo aquello.

Al día siguiente, y todavía entre lágrimas, fui a que me colocaran la peluca. Fue mano de santo. Sentía que me podría engañar a mi misma; “seguía siendo la de antes” o al menos lo parecía. La peluca era casi idéntica a mi pelo de antes. No me la quitaba ni para dormir.
Mi estado anímico mejoró muchísimo tras esto. No era la de antes, pero lo podía aparentar, y esto me encantaba. Me encontraba bien, con fuerza, como hacía días que no estaba. ¡Y además parecía la misma de siempre! Todo iba mejorando.

Tras una semana buena no, buenísima. Volví al segundo ciclo. Ya no había nada que me pillara por sorpresa, puesto que ya sabía lo que se me venía encima. Sin embargo, no solo me sentaron mejor las quimios, sino que sabía que en un par de semanas volvería a estar bien y en mi casa, como yo quería. Los ataques de ansiedad iban a menos. Entre mis amigos decíamos que “Chucky el muñeco diabólico ya no venía a verme tan a menudo”, ya que cuando tenía estos ataques parecía otra persona. Durante las quimios, nunca pude comer nada más que ositos de gominola, era lo único que me quitaba el sabor metálico de la quimio. Fuera del hospital me costaba mucho comer, casi nada me entraba. Sin embargo había cosas que me apetecían especialmente. Las croquetas, las cremas de verduras…antojos casi de embarazada pero que servían para que no perdiera mucho peso. Y por fin, se había acabado otro ciclo. La bajada fue menos brutal, y no necesité mórfico porque no tenía dolores. De hecho, nunca más tuve perfusiones de mórfico.

Otro ciclo menos. Siempre conté los que ciclos que había pasado ya, y no los que quedaban. Me alentaba a seguir adelante. Después de este ciclo, me quité la peluca. Ya lo había superado. No iba a poder esconderme eternamente. Al fin y al cabo, era pasajero, y cuando quisiera me podía volver a poner la peluca. Aunque siempre estuvo ahí, no le di mucho uso después de los primeros dos ciclos, prefería los pañuelos, los gorros, y en el hospital o en casa podía campar a mis anchas estando calva.

Después de esto, Chucky no volvió mas y tampoco echábamos de menos que viniera a hacerme visitas. Los ciclos fueron pasando, uno a uno, cada tres semanas, hasta seis. Conocí a gente maravillosa, voluntarios, enfermeras, que siempre tenían una sonrisa en la boca para hacerme el día más ameno. Seguí conociendo a gente de mi edad, como Patricia con la que compartí la mayor parte de mis ingresos. Las dos, con nuestros días buenos y días malos nos hacíamos compañía.

Mi tratamiento se dividió en dos fases. La primera en la que tuve seis ciclos de quimioterapia de cuatro días de ingreso y todos tenían su correspondiente bajada. Durante este tiempo me examiné de las asignaturas de 4º de la ESO, y los resultados fueron muy buenos. Todo iba viento en popa.

La segunda fase estaba por empezar. Me esperaban ocho ciclos de veinticuatro horas de ingreso, que no tendrían porqué darme bajada. No era sencillo tampoco, pero si mucho más llevadero que los primeros ciclos. También me esperaba la tomoterapia. Otro reto más que asumí con la misma valentía y ganas que antes. Veía la luz al final del túnel cada vez mas cerca.

Antes de empezar, tuve unos días de vacaciones. Como coincidió con el verano, pude aprovechar para irme con unos amigos a Mallorca durante un fin de semana, como una adolescente más. También hice un viaje durante diez días con mis padres, nos despejamos y cargamos las pilas para este último tramo que nos quedaba por delante.

Los primeros cuatro ciclos transcurrieron sin problemas. No tuve bajadas. Todo era mucho más sencillo que al principio.¡¡Ya solo me quedaban cuatro!! Lo que tanto ansiaba estaba cada vez más cerca, pronto, todo se habría acabado.

Empecé la tomoterapia en el Hospital La Milagrosa. Llevo en mi cuerpo seis puntos azules que servían como guía para la máquina de tomoterapia, que me recuerdan día tras día lo afortunada que he sido ya que todo me ha ido bien. Tarde tras tarde, de lunes a viernes, durante dos meses, iba a aquel hospital. Me recibía una sala de espera llena de adultos entrados en edad, que me ofrecían todo su cariño. Un equipo médico intachable, que hizo todo lo que estuvo en sus manos para que mi tratamiento fuera exitoso y me encontrara cómoda allí. Combinaba la tomoterapia con la quimioterapia. Era la cuesta final y se iba haciendo más duro físicamente, porque mentalmente no había nada que pudiera conmigo. Tuve cuatro bajadas, una por ciclo. Sin embargo nunca pasaba más de cuatro días aislada. Ya estaba acostumbrada a comer alimentos envasados en latas, o las poco apetecibles bandejas moradas del hospital, aunque cada vez me tentara menos, siempre procuré comer un poco, lo justo para seguir sin tener que oír a mi madre con el “Venga, Ana, come un poco más” o a las enfermeras diciéndome “pero si ni siquiera has tocado la bandeja”.

De repente, cuando me había acostumbrado a la situación, todo se acababa. No me lo podía creer, llevaba casi once meses esperando ese momento, y estaba a la vuelta de la esquina. Tuve un herpes zoster en un codo en la penúltima bajada, que retrasó una semana mi último ciclo. Pero finalmente, había llegado ¡era mi último ciclo! No era capaz de asimilarlo, realmente se acababa, todo lo que yo había querido desde el primer día, el fin estaba a punto de llegar.

Último ciclo. ¿Último reto? En esta aventura si que era el último reto, pero cada día en la vida de cada uno es un nuevo reto.

Realmente, no me encontraba tan mal con esos últimos ciclos. El malestar era mucho menor. A pesar de esto, el neupogen que me inyectaban siempre antes de darme el alta después de los ciclos terminaba por destruirme físicamente, aunque luego mis bajadas fueran mas cortas. Pero se había acabado, por fin. La última bajada, para no ser menos, tuve fiebre, pero ya nada me importaba, sabía que sería la última vez. Y asi fue, en el de la mayor nevada que Madrid había visto en años, me dieron el alta.
¡SE HABÍA ACABADO! Ya no más vómitos, ya no más ingresos, ya no mas bajadas, ya no más orfidales, ni zofranes, ni quimios, ni analíticas, simplemente la vuelta a la rutina. No podía creerme que hubiera llegado el día que llevaba casi un año esperando. Me hicieron las últimas pruebas para ver que todo estaba bien y, después de dos semanas me quitaron el implanto.
Creo que en ese momento, cerré una etapa de mi vida. Etapa de la cual, he aprendido muchísimo. Veo los problemas con otros ojos, y afronto el día a día con otro pensamiento. No planeo a largo plazo, estrictamente hablando, vivo poniéndome metas alcanzables cada día. Porque sé que todo puede cambiar repentinamente. Tengo muy claro quienes son mis amigos, y quienes sólo son gente de mi entorno. Sé que la gente que me ha acompañado en este tiempo, estará ahí siempre. Y las amistades del hospital perduran fuera de él.

Ahora, cuatro meses después de haber acabado el tratamiento, no vivo como antes. Vivo mejor. Soy más feliz y aprecio todo más. He tenido mi primera revisión y todo ha ido bien. Confío en que así será durante los cinco años de revisiones que tengo por delante. Tengo que ir al hospital cada tres meses, cosa que cuando comencé con todo, me parecía inalcanzable. Y las revisiones luego se irán separando, cada seis meses, cada año, hasta que se acaben y cierre del todo, este pequeño capítulo de mi vida.

Espero que mi historia, contribuya a que te armes de valor, fuerza y coraje. Piensa que no eres el único al que le ha tocado vivir esto, pero que la suerte te va a sonreír. Durante el tratamiento, tendrás tus días buenos y tus días malos, pero aprovecha cada instante cuando estés bien. Y en los momentos que estés mal, que espero que no sean muchos, piensa que pronto; y mucho antes de lo que crees, todo se habrá acabado y esto será un mero recuerdo, una anécdota más.

Cuenta con tus amigos, con tu familia, con los voluntarios, con los médicos, con todos los que te rodean porque todos ellos te harán este trago más fácil. Pon de tu parte, porque la medicina no lo es todo, tu alegría y sentido del humor son vitales, no los pierdas ni en los peores momentos. Cuenta conmigo, aunque no me conozcas, y cuenta con todos los demás que hemos pasado por tu situación, porque te entendemos, porque creemos en ti, y porque no nos asusta esta enfermedad que ha querido jugárnosla, porque nosotros somos más fuertes.

 

Ana K.- mayo de 2009